Calma mental (shamatha) y felicidad genuina

«La felicidad genuina deriva de una mente equilibrada, sana, satisfecha y sabia, y se fundamenta en un comportamiento ético que tiene en cuenta que no estamos solos en el mundo. Surge de las profundidades de una mente que está en calma, es clara, abierta, inteligente y se encuentra en armonía con uno mismo, con los demás y con el entorno. No se trata de un simple sentimiento o de una sensación pasajera sino de una manera de ser, de estar presente en el mundo, es algo que llevamos dentro aún si lo que nos envuelve no es óptimo, que experimenta lo que hay sin ser llevado de aquí para allá en un desequilibrio dirigido por las vicisitudes de la vida. Aún saboreamos las alegrías del mundo de los sentidos, de las relaciones humanas y de las actividades que nos llenan, pero, precisamente porque no nos aferramos a ellas como la fuente de una felicidad auténtica, una sensación interior de bienestar permanece aún en las situaciones en que esos soportes externos desaparecen.»1

Pero a menudo tenemos un sentimiento de fondo de no ser totalmente felices, y no sabemos muy bien dónde mirar para acallarlo. Las condiciones que nos rodean son fundamentales para nuestra vida y nos condicionan enormemente, es importante trabajar en ellas, pero aquí la apuesta es ver que podemos ir más allá, mejorar las condiciones interiores para vivir la vida de una manera más alegre, serena y creativa, y con más libertad. Puesto que cómo lo vivimos a menudo tiene más peso que el qué vivimos (sin entrar aquí en los casos extremos).

Solemos subestimar el potencial que tenemos dentro, el potencial de nuestra mente y la propia capacidad para estar bien y para llegar a ser felices. Conociéndonos más a nosotros mismos, entendiendo más a los demás, y cultivando actitudes y estados mentales constructivos y disminuyendo progresivamente aquellos no constructivos podemos llegar a un estado de satisfacción que proceda de dentro, más nuestro, sin estar tan condicionados por lo que acontece afuera y liberándonos de lo que nos atrapa y no nos deja estar bien. Y eso es porque, como decíamos, la mente tiene un papel primordial en cómo experimentamos la vida, y en ella podemos confiar para cultivar una satisfacción, libertad y felicidad genuinas y duraderas, sin la confusión que muchas veces envuelve todo ello, y con ello, aportar algo no sólo a nosotros mismos, sino también al mundo que nos rodea. Por lo tanto, podemos tomar en nosotros mismos la responsabilidad de nuestro propio bienestar. En otras palabras: en gran medida, tu felicidad puede llegar a ser tu decisión.

Todo este proceso empieza por una mente que tiene la suficiente calma y que se encuentra en equilibrio, y eso se puede cultivar. Lo cultivamos mediante la meditación conocida como shamatha, palabra sánscrita que significa “quietud mental”. Mediante la meditación shamatha cultivamos la atención, la capacidad de concentración y la capacidad de soltar, esto significa que nos entrenamos a enfocar la mente hacia dónde nosotros decidimos, y a mantenerla ahí, dejando que repose en el objeto de meditación de un modo relajado y claro, y volviendo a él cada vez que nos distraemos. Dicho objeto de meditación puede ser la respiración, que nos acompaña siempre pero que raras veces percibimos, porque no le ponemos ninguna atención. Mediante la meditación shamatha se puede utilizar la respiración como anclaje para la mente, para cultivar una atención relajada a la vez que intensa y clara, y eso nos permite ganar calma mental. ¿Por qué? Porque una mente distraída es una mente vulnerable y esclava de las emociones y actitudes destructivas, que se nos llevan de acá para allá. Al renunciar a nuestra capacidad de elegir en qué ponemos nuestra atención, instante a instante, nos hacemos esclavos de obsesiones, impulsos compulsivos o pensamientos y visiones limitadas y distorsionadas de la realidad, así que la meditación shamatha nos ayuda a ser cada vez más libres frente a todo ello, a escoger cada vez más cómo queremos vivir nuestro instante a instante, esto es, cómo queremos vivir la vida.

También podemos utilizar la meditación shamatha con otros muchos objetos, por ejemplo, con la propia mente como objeto. La meditación shamatha que observa la mente es una meditación muy potente, puesto que, a la par que proporciona calma mental, abre un espacio para la observación de todos los eventos mentales que tantas veces no sabemos reconocer. Nos permite observar el vaivén de los pensamientos, los recuerdos, las emociones y demás fenómenos mentales cuando surgen y se desarrollan, vemos cómo hacen su juego en nuestro interior, y aprendemos a conocernos más a nosotros mismos, a entender mejor los procesos mentales, y a no dejarnos llevar por ellos sin elección.

La meditación en calma mental constituye así la base para abrir un espacio interior de serenidad y presencia, de satisfacción interior y de libertad frente a los impulsos que se nos llevan sin que lo deseemos y frente a los estados mentales y emociones no constructivas como la ansiedad, la obsesión o la irritación, así como para abrir un espacio para el autoconocimiento que nos permitirá profundizar más para aprender a observar con lucidez y a discernir entre lo que nos ayuda y queremos ir cultivando, frente a lo que queremos ir abandonando porque nos impide estar satisfechos, y a cultivar una felicidad genuina que, cada vez más, provenga de dentro, que sea más nuestra. Y es que nuestro potencial es mucho mayor de lo que imaginamos.

1 B. Alan Wallace, Meditations of a Buddhist Skeptic, Columbia University Press, 2012, p.163. Traducido con ligeros añadidos por la autora del artículo del blog.